miércoles, 1 de julio de 2009

Llantos y lágrimas en el corazón de Harlem en el homenaje a su ídolo caído en Nueva York


















Nueva York recuerda a Michael cuando tenía ocho años en su debut en el Teatro Apollo

Ni la lluvia detuvo a la marea humana que recordó al cantante

Cuando sólo tenía ocho años, 'Jacko' asombró a todos en el Teatro Apollo


A estas alturas, en Harlem, Michael Jackson era ya una metáfora, y Nueva York le ha rendido honores en el templo donde se coronó por primera vez. Miles de personas danzaron hasta el Teatro Apollo, el alma de América, donde nacen las estrellas, para bailar al ritmo de su funk infectante. "No habrá otro como él. Es el último mito, la última estrella".

Krystal, nacida y criada en Harlem, lo tenía claro. Y, como ella, una marea de fans arrebatados, cocidos bajo el sol metálico de Harlem, a las puertas del mismo edificio en el que un Jackson de ocho años, acompañado de sus hermanos mayores, ganó el concurso de jóvenes talentos, el mismo que lanzó las carreras de Ella Fitzgerald, Billie Holiday, las Ronettes, James Brown o Marvin Gaye. Para Billy Mitchell, historiador del Apollo, "Michael no se ha ido, sigue con nosotros".

Todo olía a histeria mesiánica, a adoración rendida, a peregrinación religiosa, pero también a ajuste de cuentas con un país que eleva a sus ídolos hasta cielos inalcanzables, bañados de aire purificado, en los que no puedes dejar una rosa a la puerta de la casa del finado porque debes atrevesar 10 barreras policiales y 40 porteros automáticos. Nueva York no es Los Ángeles: en la Gran Manzana, los seguidores del hombre que reventó las cajas con Thriller sabían que podían contar con el teatro mítico para sorber el luto hasta el fondo.

Al Sharpton, el reverendo de todas las salsas, hizo una apología de Michael desde el escenario, mientras el público accedía de 600 en 600, escuchaba los discursos, bailaba, gritaba, y desalojaba a toda velocidad (eficacia anglosajona, afinada por el Departamento de Policía) para que otros 600 hicieran lo propio. Pero Sharpton hizo más. Envolvió al cantante con la bandera del orgullo racial, para explicar que "hizo que el mundo nos imitara".

'Hay que borrar la negatividad sobre él'
No importaba demasiado si el rey del pop, el hombre que comparte con Elvis la vía rápida de una muerte masajeada por dulces drogas legales, había terminado siendo gris. Junto a Sharpton, a la salida, trotaba Spike Lee. Un zumbido de electricidad y cámaras olfateaba sus movimientos. "Hay que borrar la negatividad sobre Michael y quedarse con lo positivo", dijo el cineasta, "y seguir amándole, y aquí sólo hay amor".

Jenny Davis y su hijo de 18 años, Justin Zampella, viajaron desde Mississippi. "No habrá otro como él porque esta sociedad está demasiado dividida, demasiado atomizada y, aunque algunos amigos", explicaba Zampella, "piensan que estamos locos, teníamos que venir a Harlem". Para su madre, "en su caso, no había color, sólo talento... Y ese guante blanco".

El mismo guante, drapeado de lentejuelas, que centelleaba bajo los focos esmerilados, mientras en la calle, junto a vendedores de camisetas, percusionistas rastas, agentes irlandeses, gurús y predicadores celebraban el triunfo y naufragio de unas canciones lobotomizadas por la azucarada burbuja de escándalos y paranoia.

Antonio Arroyo, que insistía en entregar al cronista una tarjeta con adhesivo en la que figura su dirección de Jackson Heights. A su lado, Conney, vestida o amortajada con ropajes similares a los de Michael Jackson, quitaba importancia al asunto de la raza, convencida de que hablaba de un poeta enfrentado al odio. Fuente: EFE

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